lunes, 16 de septiembre de 2019

Observar y escribir: Un pequeño ejercicio



Martes 20 de agosto de 2019

Me siento en la Plaza Grigera, de Lomas de Zamora, justo frente a la Iglesia Catedral. Simplemente para observar. Detenerme a mirar. Voy a describir lo que veo:

Comienzo con lo que más me llama la atención. Jóvenes que dejan su mochila en el piso, sacan un celular, ponen música y practican una y otra vez coreografías. ¿Desde cuándo la plaza se convirtió en una gran sala de ensayo? No lo sé. Pero lo estoy disfrutando, no tanto como ellxs.

Cuatro chicas y un chico que no deben superar los 16 años están bailando sin ningún tipo de inhibición. A simple vista, no parece existir en ellos ni la más mínima pizca de timidez. Se ríen y practican sus pasos de baile repetidas veces. Hacen y rehacen los trucos. Sus mochilas están llenas, les pesan bastante. Me arriesgo a decir que recién salen del colegio.

Salvo una chica que tiene calza rosa y blanca, el resto está de jeans. Todxs coinciden en el uso de zapatillas, marca Reebok color blanco inmaculado. Llevan abrigos, gorritos y bufandas. Exceptuando esas coincidencias, cada unx tiene su estilo bien definido. Se nota por los colores del pelo, castaños, rubios, verdes y violeta. Sin prejuicio alguno, cada chico y chica están llevando la práctica de baile con una personalidad avasallante.

Nadie, absolutamente nadie, se percata de mi presencia. Estoy justo frente a ellxs, no me ignoran, sino más bien se concentran en lo suyo sin importarles quién podría estar mirando. Las personas que transitan observan y siguen su curso. Una mujer lxs filma un par de minutos. Ellxs bailan, no paran de bailar. Como si el mundo no existiera. Solo se detienen cuando termina una canción, pero rápidamente algunx acude a tomar el celular y reproducir otro tema o, si hace falta, repetir el mismo para reforzar algún concepto de la coreografía.

Varios metros más adelante, en dirección a la Municipalidad de Lomas de Zamora, una pareja toma mates. No conversan ni se demuestran cariño físico. Él está con el celular en la mano, no quita los ojos de allí, ni para tomar el mate que la chica le alcanza cada tanto. Ella ceba insaciable, con la mirada perdida. Por momentos suspira, luce inquieta incluso en la postura fija como la que se encuentra. Tuvimos varios cruces de mirada. En el primero, sus ojos parecían estar pidiendo auxilio. Luego sentí que la muchacha se preguntaba “¿Estará escribiendo sobre mí?” Para ahorrarle la incomodidad le quité los ojos de encima. Que olvide mi presencia. Si sigue así, va a terminar cebándome mates a mí mientras escribo. Bueno, pensándolo bien, no sería mala idea.



Muchas veces me pregunto al sumergirme en el anonimato de las plazas, qué estarán pensando esas personas. Qué cosas pasarán por sus mentes en ese preciso instante que me detengo a observar. Cuando se produce el cruce de miradas, sé lo dificultoso que se torna el hecho de mantenerla. De hecho, en el 99,9% de los casos unx de lxs dos resulta intimidadx por la mirada ajena, desconocida, distante, lejana, y a su vez, cercana.

Como ejercicio, resultó positivo. Mezclé dos pasiones, observar y escribir. La lapicera es un arma, me siento poderoso. No quiero arruinar este momento de fortaleza, no voy a mostrar debilidad al guardar mi cuaderno. Al contrario, seré piadoso y mostraré clemencia. Ese matrimonio con dos niños inquietos que acaba de llegar se han salvado de mi pluma, es que la imagen familiera me provoca mucha ternura. Me estoy yendo. La manera de correr desesperada de ese niño con camiseta de Argentina y los gritos amenazantes de su padre, no me detendrán. Suena tentador quedarme un rato más, prolongar este ejercicio. La tarde cae, el sol ya no tiene efecto inmediato en la temperatura. En invierno, los atardeceres son agonías de climas agradables que dan inicio a un frío inquietante. La sombra que proyecta el cuerpo de esa madre acariciando al menor de sus hijos se alarga cada vez más, al ritmo del sol durmiente. La pelota Adidas color naranja que patea el “pequeño Messi” al grito de “atajala papi” impacta de lleno en su hermanito. Cualquier mal pensado diría que apuntó a propósito, para cortar semejante momento de armonía maternal. Yo no voy a pensar mal, no quiso lastimar a su hermano. El niño no tiene la culpa que su padre se haya distraído mirando a esa elegante dama, tan exuberante y delicada, llevando una prestancia digna de una emperatriz en taco aguja. El hombre se dejó llevar, en un segundo, movió su cabeza para verla pasar y olvidó su puesto de arquero. Por eso la pelota golpeó al más chico de la familia.

Una pena que mi ejercicio culmine así, de manera brusca, violenta. Pero debo concluir. Es que todo momento de paz suele terminar por un pelotazo de realidad, seguido de una bocanada de rabia. Me voy a despedir siendo sincero, literalmente noble a la verdad. ¿Por qué, si en todo mi relato traté de ser preciso, ahora debería mentir u ocultar cierta información? Una pena, insisto, terminar así. No me queda más remedio. No me iré faltando a la verdad.

Esa tranquilidad amorosa que inspiraba la madre se derrumbó como castillo de naipes mal armado. Tomó la pelota, se deshizo de ella arrojándola hacia su costado. Alzó al pequeño y, con el llanto sobreactuado de su hijo sonando de fondo, dijo la frase con la que me despido avergonzado:
“Tené cuidado pendejo pelotudo. Te voy a matar, boludo”

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lunes, 15 de julio de 2019

NO VALE FUNDIR



Se jugaba un partidazo. “El Nico” y “el Maxi”, contra “el Rodri” y “el Gonza”. El cotejo futbolístico, como toda contienda deportiva, se disputaba con alma y vida. Sin embargo, no era un dos contra dos muy normal, existían ciertas reglas pre-acordadas entre los jugadores que se respetaban sin chistar. No valía patear desde lejos. El partido se detenía automáticamente cuando alguno gritaba “¡Auto!”, todos se corrían hacia el costado quedándose quietos en el cordón hasta que pase el vehículo. Cuando éste dejaba la “cancha”, inmediatamente ponían la pelota en el asfalto y se reanudaba el juego. Algunas veces, había que tomarse el engorroso trabajo de correr los adoquines o ramas que servían de “palos” para marcar los arcos, es que muy de vez en cuando pasaba algún auto lujoso, con choferes bastante meticulosos o malhumorados que frenaban, miraban a los futbolistas con odio y no avanzaban hasta que los arcos no se desarmen. Ese movimiento se daba sin mediar palabras, los automovilistas se hacían entender con una sola mirada. Muy rara vez recurrían al bocinazo. Eso se daba cuando el partido se detenía y los deportistas se quedaban discutiendo alguna acción del juego, ignorando la presencia del automóvil.

Volvamos a la primera regla: No patear de lejos. ¿Por qué? Con poco entusiasmo por tomar medidas, los arcos eran grandes. Se tiraban las piedras, el buzo o remera, alguna rama o lo que sea visible. Para colmo, el arquero era “volante”, entonces los dos jugadores del equipo que se defendía permanecían afuera del área chica. Por eso, el equipo que atacaba no podía patear desde lejos, para no pasar la pelota por encima del rival, sino más bien hilvanar alguna jugada maestra, con toques, amagues, encares al rival. Estaba pensado para desplegar magia en el asfalto. Pero había un detalle más, otro motivo que los 4 sabían, pero nadie decía. El Gonza era el mejor jugador, tenía una potencia en su disparo, como Oliver de “Los Supercampeones”. Su derecha parecía un misil. Tenía tanta fuerza, que era capaz de llegar de esquina a esquina. Cuando pateaba fuerte, había que correr varios metros para ir a buscar la pelota. Una vez, pateó tan lejos, que hubo que cruzar la calle Castelli, por donde pasaban colectivos y autos a toda velocidad. ¡Un peligro para niños de 8 años! Era mejor prevenir, no dar ventajas y ser justos. Una manera de cortar por lo sano era esa, prohibirle “al Gonza” expresar todo su potencial. Los tres restantes, se sentían en igualdad de condiciones. A ninguno le sobraba talento, al contrario, eran jugadores humildes, del montón. Pero “el Gonza”, mamita querida, si se ponía la camiseta de Colón, daba miedo.

La estrategia del equipo de “el Nico” y “el Maxi” era muy clara, defender como sea. De los dos, “el Maxi” era el más flaquito, muy flaco. “El Nico” tenía una masa muscular mucho más ruda, por eso era el encargado de marcar “al Gonza”, otro grandote. Entre ellos dos existía una rivalidad asombrosa, parecían toros chocando cabezas. Mientras ellos se disputaban la pelota y encaraban como delanteros estilo “tanques americanos”, los otros dos aguardaban lo más cerca posible de su arco, para defenderse como puedan. “El Rodri” era el más temeroso, evitaba el juego brusco, sus piernitas parecían dos ramitas finitas de algún árbol. Así y todo, hubo una jugada que marcaría la carrera callejera futbolística de estos cuatro.

El partido lo iban ganando “El Nico” y “el Maxi”. La calentura de “el Gonza” se veía desde la Avenida Facundo Zuviría. No le gustaba perder ni a la bolita. Todos sabían que cuando sea grande, iba a ser jugador profesional de Colón de Santa Fe. Por eso verlo derrotado era una imagen muy llamativa. “El Rodri”, su compañero de equipo, mucho no podía hacer, más que cederle la pelota y cruzar los dedos. Atacaba “el Gonza”, con un cuerpazo “al Nico” lo quitó del medio y quedó solo frente al arco. Perdón, frente al debilucho de “el Maxi”. La cara de rabia del delantero intimidó al flaquito, que no tuvo mejor idea que pegarle una patada desde atrás “al Gonza” cuando recibía el pase. Inmediatamente se dio vuelta, lo miró como si fuera un león a punto de comerse a una cebra y le gritó en la cara “PENAL”. Todos se quedaron atónitos, mirándose sin entender nada. Con total decisión, tomó la pelota y le ordenó “al Maxi” que atajara. Histórico, inédito, se estaba por ejecutar el primer (y último) penal en la historia de estos partidos amistosos callejeros.

“El Nico” disfrutaba verlo sufrir “al Gonza”, “el Rodri” intentaba mediar entre los tanques y calmar un poco las aguas. Si convertía el penal, el partido iba a quedar empatado. Si lo erraba, ganaría el equipo de “el Nico” y “el Maxi”. Para graficarlo, sería como ver a Sacachispas ganarle al Barcelona.  Toda la presión y las fichas estaban puestas en el delantero, apenas se le alcanzó a decir que pateara despacio, “el Nico” se anticipó con un astuto “no vale fundir”, que “el Maxi” lo agradeció con la mirada. Puso la pelota en el invisible punto del penal, el arquero miraba al delantero con una concentración digna de un europeo, pero el terror que latía en su pecho le hacía temblar las piernas. “El Gonza” ya no parecía, era un toro. Respiraba furia. La escena era lo más parecido a un fusilamiento militar. Tomó una larga carrera, corrió a toda velocidad al encuentro del balón, llegó con el aire justo pero la fuerza en su derecha era la de “Popeye” cuando come espinaca. Y disparó. El arquero se quedó quieto, inmóvil en el centro del arco. Cerró los ojos y simplemente atinó a poner sus manitos frente a su rostro, por miedo a recibir un pelotazo en la cara.

Histórico: “El Gonza” perdió su primer partido. Al día siguiente, mucho más tranquilo. Tomó un fibrón y le escribió en el yeso “al Maxi”: “Perdón amigo. No valía fundir”

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sábado, 22 de junio de 2019

VOLVER A VIVIR

Perdón. Perdón por haberte abandonado. Por posponerte. Deberías creerme, no fue mi intención. Te dejé de lado. Muchas veces, extrañandote.  Otras veces, hablando sobre tu importancia en mi vida. Como te decía, no fue mi idea perderte, simplemente me alejé. Y eso, hoy me duele. Porque te extraño. Te necesito. Te pido que vuelvas a ser parte de mi vida. Hay algo que nunca te dije, creo. Es que cuando estás, yo me siento vivo.

Sos alegría, tristeza, amor y odio. Todos los sentimientos, unidos bajo tu cuerpo sagrado. Deseo tu manto blanco, tu espacio virgen de mis manos. Deseo recorrer una a una las líneas donde descansan mis ideas. Deseo arremeter cuando me inspiro, envolverte en mi llama y quemarme en la hoguera de tu espacio. Deseo resurgir como un fénix y recibir tu bienvenida.

Prometo no volver a dejarte, es que en verdad sería dejarme. Cada día, al despertar o antes de dormir, mi desvelo recaerá en tu efecto. Sanaré las heridas, provocaré otras. Borraré el pasado, inventaré mi futuro, que volveré a borrar cuando ya esté pisado. Serás mi compañía, nuevamente juntos, unidos en cuerpo y alma. El trecho del corazón a la mente y viceversa, es un camino transitable, gracias a tu aparición.

Jamás te olvidé. Vives en mí, como yo en tu esencia. Lates en mí, como dicta tu fuerza. Eres mi motor, principal fuente de energía. No podría resetear mi cabeza y eliminarte con un chasquido. Ni con vientos huracanados que intenten alejarnos, ni siquiera helar mi sangre a temperaturas bajo cero. Nada podría borrarte. Ni la magia desaparecerte.

Te manifiesto, que pase lo que pase, sé que siempre estarás en mí. Perdón si no escribí durante tanto tiempo, ya estoy de regreso. Al fin y al cabo, así es la vida. Yo soy escritor. Y no sería lo que soy, sin vos, escritura. Hoy te vuelvo a escribir, no para prometer sino para cumplirte.


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domingo, 16 de junio de 2019

✔ ¿Qué es un logro personal? ☆



➩ Creo que en estos tiempos donde tanto se busca motivar por medio de la palabra, la mejor manera de definirlo es por la satisfacción que sientan al momento de alcanzarlo. ☆

Todo en la vida diaria forma parte de un logro personal en la medida que sea un objetivo cumplido. El que sea. Como es personal, son ustedes mismos quienes van a definir su propio parámetro. ☆

Hacer lo que uno quiere cuando quiere, sentirse plenamente vivo a cada paso, tomar decisiones con el corazón, cumplir un sueño por voluntad propia. De eso se trata. ☆

Si van caminando por la calle y se les antoja comer un alfajor. ¿Qué hacen? Van y se lo compran, lo comen y disfrutan del mordisco. ¿Quién puede recriminar lo que hacen? Nadie. Y si lo hacen, ¿Quién les va a quitar ese gusto dulce en su boca? En mayor o menor escala, con lo demás pasa lo mismo. ☆

Les pasará que familiares (incluso los más cercanos) amigos y conocidos demostrarán desinterés absoluto por lo que están logrando. Si tuviera que darles un consejo, sería: No se enojen ni se frustren con sus seres queridos por la falta de interés. Puede que, lo que para uno sea un logro para la otra persona simplemente no lo sea. ☆

Tengo 30 años. En 2018 conocí Machu Picchu. En 2019 conocí Las Cararatas del Iguazú. Si a este mismo Rodrigo le preguntaran por estos sitios 10 años atrás, tal vez no le interese tanto. En cambio, el Rodrigo de los 25 años en adelante empezó a desear con mucha fuerza conocer estas maravillas y lo logró. Nunca se hubiera imaginado poder estar ahí. ☆

Aunque no los entiendan.
Aunque los critiquen.
Aunque pretendan restarle importancia.
Aunque los comparen.
Aunque los ignoren.
Aunque les tiren mala onda.
Aunque pase todo eso, o más, ustedes disfruten. Absorban cada momento, como si fuera el último de sus vidas.
Mientras otros se quedan, ustedes salgan. Tomen esa iniciativa, anímense. Porque nadie lo va a hacer por ustedes. ☆

Lo más difícil es dar el primer paso, pero les puedo asegurar que una vez que arrancan, se van a dar cuenta que nada ni nadie puede detenerlos. Son ustedes quienes llevan el control.
Ahora que saben quién maneja: ¿Hacia dónde van?

➤  #relatosdeviajes

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miércoles, 2 de enero de 2019

EXPLORAR EL MUNDO

Jueves 8 de noviembre de 2018. Por la tarde.

¿Cómo hace un escritor cuando todo lo inspira? Cuando los estímulos son tantos girando alrededor, sin detenerse, que se siente el desborde de emociones. ¿Cómo hacen los grandes literatos que llegan a un lugar y su capacidad de absorción es tan grande que son capaces de escribir el primer capítulo de un libro? Lo hacen así, de un plumazo. En cuestión de minutos ya tienen varias carillas listas para ser publicadas. Mientras ellos dibujan con las letras, yo sigo preguntándome: ¿Dónde encontrar las palabras justas para describir cada detalle de este preciso momento?


Juntar un par de prendas en un pequeño bolso o mochila y salir al mundo, es posible. Vivimos en una sociedad capitalista, que nos tiene acostumbrados a trabajar durante 350 días y "vacacionar" sólo 15, algunas personas afortunadas trabajan 344 y "vacacionan" por 21 días, y otros cuentan con 30 días, trabajando 335 días al año. Esta matemática se da en la mayoría de las personas. No en todos.

Sin embargo, además de los escasos días que tienen las personas para irse de vacaciones, existen otros prejuicios muy grandes que están tatuados en el pensamiento colectivo. Este humilde escritor, viene a borrar esas premisas, a romper algunos mitos y demostrar que existen otras variantes.

Corría el mes de octubre de 2018, en Buenos Aires. Quien escribe, le contaba a familiares, amistades y conocidos:

"Me voy de viaje". Inmediatamente, casi como un acto reflejo, como estímulo-respuesta, todas esas personas preguntaron lo siguiente: "¿Con quién te vas?".

Antes de responder, pensaba simplemente en el mate. Para el argentino, tomar mate es algo cultural, un patrimonio histórico que acompaña todo momento de la vida de una persona. A pesar de eso, no contesté "con el mate", sino que formulaba la respuesta que desencajaba esa estructura pre-establecida:

"Voy solo. Quiero recorrer ciudades. Y viajo solo." Sabiendo que por decir eso, una catarata de preguntas iba a caer sobre mí. Opté por no responder a cada pregunta, me tomé mi tiempo. Encontré, en ese momento, una pregunta para retrucar cada interrogante que surgía: "¿Por qué no puedo viajar solo? ¿Está mal" Dejé a las personas reflexionando sobre eso.

En noviembre de 2018 salí al mundo, dejando el signo de pregunta abierto. Pensé: "Ya encontraré una buena manera de responder".

Ahora, en el año 2019, recomiendo ver este vídeo de 3 minutos que despejará cualquier duda. 




El mundo está lleno de historias, de lugares por descubrir, de secretos por escuchar, canciones para oír, sabores que probar, almas por cruzar. No existen impedimentos, toda barrera u obstáculo, en verdad son impuestos por nosotros mismos. Es cuestión de desprenderse de las limitaciones. Se puede viajar solo, salgan a probar.

Voy a compartir otra cosa. Es una anotación de mi cuaderno, lo que tengo hasta el momento... 
¿Ustedes, se animan?



LISTADO DE LUGARES QUE CONOCÍ (HASTA AHORA)

En Chile...
San Pedro de Atacama
Catarpe - Pukara de Qitor
Valle de la Luna
Caverna de Sal

Salar de Atacama: Lagunas Baltinache
Los ojos del Salar
Toconao


En Bolivia...
Desierto de Siloni
Desierto Roca Dalí.

Lagunas Altiplanicas: Blanca, Verde, Colorada.
Aguas Termales Polques
Laguna de sal Chalviry
Geiser Sol de mañana. 

Lagunas Altiplanicas: Canapa, Honda, Charcota, HediondaVolcán Ollagüe
Salar de Chiguana
San Juan de Rosario

Pueblo Colchani
Salar de Uyuni
Uyuni
Sucre
Cochabamba
Quillacollo

Ciudad de La Paz
"La ruta de la muerte": La Cumbre 4700mts - Yolosa 1200mtsCopacabana
Lago Titicaca: Isla del Sol
Lago Titicaca: Isla de la Luna

En Perú...
Puno
Islas Flotantes Uros
Cusco
Urubamba
Ollantaytambo
Santa Teresa
Aguas Calientes (Pueblo de Machu Picchu)
Machu Picchu
Laguna Huacarpay
Urcos
Cusipata 3800mts
Montaña Wiriqunca (Los 7 colores) 5036 mts
Arequipa 
Colca
Camaná
Ciudad de Lima
Miraflores (Lima)
Barranco (Lima)
Callao (Lima)
La Punta (Lima)
San Miguel (Lima)



PAÍSES DE PROCEDENCIA DE LAS PERSONAS QUE CONOCÍ

Argentina
Chile
Bolivia
Brasil
Perú
Colombia
Venezuela
Uruguay
Panamá
Inglaterra
Suiza
Suecia
Francia
España
Estados Unidos
India
Rep Checa
Irlanda
Mexico
Finlandia
China
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viernes, 19 de octubre de 2018

S – U – E – Ñ – O – S

 oñé con mi viejo

Lo vi con claridad, era él. Me acerqué. Estaba tomando mates, sentado bajo la sombra del limonero. Sin hablar, con un solo gesto, cebó uno y me lo ofreció con una hospitalidad digna de un buen campechano. Lo tomé lentamente. Es que el humito que salía de la yerba me indicaba que el agua estaba para pelar chanchos, la intuición no falló. Quemaba. Era un mate corto, caliente, lento y amargo. Corto por la poca agua que le ponía, caliente por razones obvias, lento por la temperatura del agua que obligaba a ser cuidadoso. Y amargo, muy amargo. Más amargo que un mate amargo. Aún recuerdo su sabor, me quedó impregnado en la lengua y el paladar. Si me preguntan cuál es el mate más amargo del mundo, les digo que el que cebaba mi papá. Perdón por lo reiterativo y por no brindarle sinónimos de amargo al relato, pero esos mates eran así, amargos. Y punto.


 na buena charla

Solemos creer que la voz tiene que salir de nuestra garganta y decir algo para llenar el espacio, para correr al silencio. Pero no es necesario.  Una buena charla entre dos personas puede ser aquella en la que no se hable. A veces, estar en silencio es el mejor idioma. Porque nos permite escuchar. Con el correr de los años aprendí a escuchar. Y también a observar. La mezcla de estas dos aptitudes me lleva a reconocer las personas que no saben hacerlo. Carecer de la capacidad de escucha limita toda concepción de realidad.

Tomábamos mate mientras sonaba de fondo, muy de fondo, los tangos de la radio. Hasta que me habló. Volví a escuchar su voz…


  sa voz la recuerdo

Por momentos ronca. Por momentos aguda. O grave. Sonaba seca, casi sin saliva. Cada vez que hablaba, se hacía sentir. Una vez lo escuché cantar. Desafinaba bastante. Pero no puedo negar que cantaba con pasión, esa pasión enardecida que suelen expresar los nostálgicos.

Se levantó del balde de pintura vacío donde estaba sentado. Yo lo miraba desde el pasto. Por la altura del sol, supongo que era mediodía. Hacía mucho calor. Lo sé por el short que llevaba puesto mi padre. En verano solía andar con el torso desnudo. Así, en cuero, con la redondez perfecta de su panza y sus fibrosas piernas chuecas, agarró la pava y habló: “Voy a cocinar algo”.


 oquis con salsa

Almorzar pastas era un clásico de los fines de semana. Solía ser algo básico, fideos con manteca. Por eso ver a mi viejo cocinando ñoquis se podía considerar todo un lujo. Lo seguí hasta la cocina. Me di cuenta que se trataba de un día domingo, porque la tele estaba prendida con la carrera de autos. El sonido de los motores mezclado con la voz particular del relator era música para sus oídos. Ante cada choque, golpe, grito o alguna onomatopeya del periodista, papá interrumpía lo que estaba haciendo para prestarle religiosa atención. No importaba mucho el apellido del corredor, sólo deseaba que se suba al podio del primero alguien que haya manejado un Ford.

Cuando caía la tarde, salimos a andar en bicicleta por el barrio. Anduvimos por muchos lugares. Hasta que llegamos a una estación de servicio. Apuntó la vista directo a la tele del bar


 tra gran alegría

El fútbol era una pasión indiscutible. Para cerrar un día perfecto, tenía que ganar el equipo de sus amores. Le gustaba decir: “Solo falta que gane Boquita”. Sufría y gozaba mucho por Boca. Cada vez que ganaba, yo pensaba inmediatamente en él.

Si durante el resto del día no hablamos, en este momento ocurría todo lo contrario. Mirábamos el partido tomando gaseosa, apenas le alcanzaba para comprar una botella chica. La efusividad para gritar los goles, los comentarios, quejas al árbitro e insultos al rival nos daban un tinte de fanatismo, que ni el barrabrava más peligroso del país se parecía a nosotros.

¡Salimos campeones! Ver a mi viejo subirse a la bici con extrema alegría era una imagen imborrable.


          oñar pequeñas cosas

Los detalles que atesoramos nos definen como las personas que somos y queremos ser. Llegamos a lugares impensados, recorremos sitios que alguna vez fueron parte de la realidad. Podemos ver, escuchar, hablar, tocar, abrazar.

Soñé con mi viejo. Con su voz y sus silencios al mismo tiempo. Solo una persona como él tenía la capacidad de manejar esos dos idiomas. Volví a comunicarme con él. Como aquellas veces, escuchando su silencio. Me reencontré con él, tarareando canciones de su vieja radio portátil. Soñé con el sabor de sus mates, en un domingo cualquiera. Con lo sencillo, con su simpleza, con lo humano. No fue un recuerdo, estuve ahí, sé que estuve soñando.



Relator de Sueños



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lunes, 8 de octubre de 2018

SIN ETIQUETAS


Acá estoy nuevamente arremetiendo contra la modernidad, sin oponerme a ella ni mucho menos llamando a un “golpe de estado”. No pretendo que, cayendo en la comparación con tiempos remotos, usted simple lector/a afirme que quien suscribe es enemigo acérrimo de las nuevas tecnologías. Al contrario, soy un aliado más. Me sirvo de ellas, para expresarles nada más y nada menos que una mera visión de la realidad, un modo de ver las cosas. Lo que leerán a continuación, no es ni la verdad absoluta ni una opinión indiscutible.


Llevamos el chip de la ansiedad

Nuestra mente, siempre tan compleja y estimulada, vive días de una intensidad tan constante que nos lleva a sobrevalorar el tiempo. Gracias a la inmediatez de la globalización, al efecto “social” de la vida íntima y a la velocidad de la conectividad, los segundos pasaron a ser minutos y éstos a su vez, se sienten como horas. Llamar la atención ya no es el desafío, el trabajo está en conservarla. (Pensamiento del autor: ¿Será que leerán el texto hasta el final?)

Cuando enviamos un simple mensaje a una persona, ¿Acaso no chequeamos una y otra vez si llegó y fue leído? Seamos sinceros/as, ¿Nunca le dimos el carácter “urgente” cuando en verdad no lo era? Todo parece indicar que, en realidad, lo que sucede es no concebir a la otra persona con el teléfono lejos de su mano. Es tal la incorporación de esta herramienta de la comunicación a la vida diaria, que la maquinaria de la imaginación solo admite gente “en línea”, “activa”, “disponible”, o como quieran llamarlo. Necesitamos saber todo YA. No saber esperar es producto de haber desaprendido ciertas cosas: Por citar algunos ejemplos, ¿Me van a decir que cuando enviábamos una carta por correo pretendíamos respuesta inmediata? Si coordinamos encontrarnos con una persona en tal calle, ¿Qué es lo primero que hacemos cuando llegamos al lugar? Habría que contabilizar cuánto esperamos hasta mandar el “llegué, ¿dónde estás?”


Publico, luego existo

“Salgan a vivir el mundo”, dijo alguien quejándose del uso de las redes sociales. Inmediatamente, se creó una cuenta para estar a la moda, porque todo su entorno lo había hecho. Y salió al mundo, pero mucho mejor que antes, porque ahora tiene perfil en Instagram. Paradójica contradicción en la que cayó esta persona, ¿No?

No publicar o no “chequear” lo que publicaron otros/as, nos genera una sensación de vacío tan grande, que no se trata simplemente de exclusión. Estar en las redes es pertenecer a ellas. Mezclarnos entre la masa, incorporar los modos, hábitos y costumbres, modificar nuestro lenguaje, entre otras cosas, nos da algo más que un sentido de pertenencia. La EXISTENCIA misma. ¿Nunca pensaron que sería de nosotros sin celular ni redes sociales? Para ahorrar ansiedades, les doy la respuesta: No existiríamos. Seríamos borrados/as literalmente del mundo, o mejor dicho, del mundo virtual.


Al alcance de la mano

El despertador solía ser aquel reloj ubicado en la mesita de luz. La temperatura y probabilidad de lluvias para el día, la sabíamos al sintonizar la radio o TV. La tapa del diario era conocida cuando nos golpeaba la puerta de casa por la mañana. Un correo electrónico era leído únicamente en la oficina. Para llegar a destino, abríamos el mapa o la guía de calles. Pedíamos una pizza buscando el número de teléfono en el imán de la heladera y llamando posteriormente. Nuestras cuentas bancarias solo las conocíamos yendo al banco…

Abundan los ejemplos, de cuan resumida se encuentra la rutina diaria a la palma de la mano. Todo lo que precisemos, lo tenemos ahí. Esa facilidad, extendida a muchos ámbitos de la vida cotidiana, se convirtió en necesidad. Y esa necesidad, en dependencia. Por eso, el celular es lo primero que vemos al despertar y lo último antes de dormir.


¿Ya no disfrutamos?

Ni siquiera en nuestras tan esperadas vacaciones, por fin sentados/as en la reposera de cara a la inmensidad del mar, ni en la cima de la montaña más linda del mundo, tampoco en esas instancias queremos “desaparecer”. No vamos a borrar rastro alguno. El mundo tiene que saber que semejante avión está a punto de despegar cuando nos vamos o aterrizar al regreso.

En el grupo de whatsapp somos 9, organizamos una gran reunión. Será un reencuentro, después de varios meses sin vernos. Nos vamos a sentar alrededor de una gran mesa y brindaremos por tantos años. Cuando ya estemos todos, ¿Alguien preguntará “quién falta”? ¿Nos pondremos a repasar una y otra vez la lista? ¿Hablaremos de las personas que no fueron invitadas? Suena casi a utopía que transcurran 2 horas con los 9 celulares en los bolsillos.

Somos pareja, estamos vestidos de gala. Nos acaban de preparar una deliciosa comida en el mejor restaurant de la ciudad, en la cena más romántica que podíamos tener. Antes de mirar a los ojos a esa persona que tanto amamos y confesarle todo nuestro amor, le vamos a sacar una buena foto a ese plato. Para cuando nos traigan el postre, tendríamos que tener muchos “me gusta” y comentarios aprobatorios a esa publicación. No importa si durante la velada discutimos, hablamos de cosas feas o ni siquiera conversamos, eso no tendría importancia. Si en la foto salimos bien y los comentarios rezan la frase “Me alegra verlos felices”, el objetivo de la salida estaría cumplido.

La pregunta que resume estos ejemplos es una sola: ¿Seríamos capaces de vivir sin etiquetas?


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